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Poesía

 La conciencia primigenia musita en sílabas traviesas. El oído es un primus recién encendido. Lastimaría las lágrimas convencerte de sinrazones. Per mi credo prohíbe el exceso poético, la gula intelectual y las zozobras emocionales. Así que me conformo con barruntar el presente anacrónico de mi inteligencia. Sobrevivir a la sonora cadena de sucesos. Someterme al acaecer y hacer de mí un voyerista. Placentero convenio de vivir sobreviviendo. Cómodo acto de cortesía mundana. Y después la idea surge como bólido arrasa como innundación, penetra como aguja en el brazo del donante. Entonces por mucho que me resista la poesía llama y otra vez estoy frente a una hoja dejándome ir. Porque siempre estuvo ahí, esperando y será mi eterna compañía.

La tormenta

Hacía mucho tiempo, que todo el tema sobre la tormenta no era mucho más que una idea de tormenta. Idea fija que tenía atormentados a los meteorólogos. Historiadores de fenómenos climáticos que tiran predicciones a la hora del llover. Puede ser, va a llover, con granizo, gota grande, gota gorda, la que estamos esperando, ansiosos, deseosos de faltar a laburar, a estudiar, y quedarnos a profundizar la relación con nuestro televisor, cocina a gas, celular y monitor... y cargador. Pero nunca el lavarropas, que se desboca de los trapos a lavar cuando a la tormenta se le dé por aflojar. Hacía mucho tiempo que la tormenta era idea de tormenta. Y nos mirábamos acalorados salir echando bofes al supermercado, todos traspirados, amontonados en los ómnibus, las cajas y otros tantos numerosos espacios cerrados, con nuestros congéneres cercanos y no tan cercanos. ¿Y cuándo viene la tormenta? Ya nos preguntábamos... Como que la extrañamos. La tormenta nos asusta. ¡Tormenta en tres minutos...